La nevada

Una mega tormenta de nieve cayó sobre la costa nororiental de los Estados Unidos el viernes 22 y el sábado 23 de enero. Washington, capital de la Unión, y sus suburbios fueron de los más afectados: entre 16 y 30 pulgadas de nieve en el suelo –poco menos de un metro donde más cayó-, escuelas cerradas, comercio paralizado durante 48 horas, miles de vuelos cancelados, dolores de cabeza para los políticos locales, buenas oportunidades de trabajo para los jornaleros centroamericanos que aquí viven y quienes en estas ocasiones suelen palear la nieve de las aceras de otros, y, en toda la región, 28 muertos por frío y accidentes. A mí, la nevada me ha dado tres días de encierro que las andanzas como reportero, corresponsal, padre de dos pequeñas y un universitario, y cocinero del clan no suelen permitirme. Da para mucho ese tiempo libre. Me dio para terminar la última novela de Salman Rushdie, leer un par de artículos del New Yorker que me debía, para tratar de poner en papel el dibujo de los planes inmediatos de temas a reportear y deadlines a cumplir –la tarea resulta imposible para el adicto a la entrega inmediata en que me convirtieron 15 años en un diario–. Y, ya puestos, me dio para pensar, de nuevo y como todos los días, en las noticias, los despropósitos y las hebras de esperanza que, sueltas y en ráfagas cada vez más débiles, llegan desde mi madre patria.


Acto I. Le nevó, poquito, a la alcaldesa de Washington

El asunto empezó, en realidad, el miércoles 20 de enero a eso de las cinco de la tarde, cuando una nevadita de nada, de menos de dos horas de duración, provocó el caos en Washington y sus alrededores. Ni la capital de Estados Unidos ni los condados de los alrededores que albergan a las ciudades suburbiales, puestos como tenían los ojos en la mega tormenta que los meteorólogos pronosticaban para el fin de semana, se habían preparado para nada más que eso. Y resultó que el miércoles en plena hora pico copos húmedos y fríos cayeron sobre calles y tierras que habían estado sometidas a temperaturas bajo cero por casi quince días. Resultado: decenas de accidentes, carreteras tapizadas de mantas letales de hielo y trabazones que duraron hasta 9 horas.

Después de haberme tragado seis inviernos en el condado de Montgomery, al norte de Washington, sé que con estas cosas es mejor jugar a la defensiva, sobre todo porque sé que he dejado el ombligo en tierras cálidas. Pasé de los cuatro a los ocho años en San Miguel, cuando aquello era un pueblo y caminar solo en shorts y chancletas las 10 cuadras que separaban mi casa de la clínica de mi padre era parte de la rutina diaria. Viví dos años en ese infiernillo que es Managua cuando llueve, cuando no, cuando hay sol, sombra, cuando es de noche… en fin. Hasta mi capítulo en Washington el peor frío con el que me topé había sido el del invierno mediterráneo en Barcelona, donde los cero grados de madrugada suelen ser la excepción, y donde mis madrugadas solían estar acompañadas de suficiente vino como para que el balance final se saldara con una colección de cuentos en las que el frío era solo actor secundario. Pero, digo, después de los inviernos en el Atlántico Medio de los Estados Unidos he aprendido que mejor no ser trompudo: se pone uno todo el ajuar, con bufandas, guantes, doble camisa, botas, gorro, no vaya a ser.

El viernes 22 de enero después del mediodía los negocios empezaron a cerrar. En la foto, el mítico cine de la Instituto Fílmico Americano, en Silver Spring, Maryland.

El viernes 22 de enero después del mediodía los negocios empezaron a cerrar. En la foto, el mítico cine de la Instituto Fílmico Americano, en Silver Spring, Maryland.

Así, antes de las seis de la tarde del miércoles ya estaba en casa con María Alicia y Luciana, mis dos hijas, a quienes suelo recoger a diario en sus escuelas. Para las nueve de la noche del miércoles ya los noticieros dejaban claro que el asunto, allá afuera, era un caos. Muriel Bowser, la alcaldesa de Washington, aparecía agobiada explicando que sí, que la nevada los había tomado por sorpresa, que no habían tratado las calles con sal y los químicos que suelen ponerles para que la nieve no se convierta en hielo en el asfalto, y que, pues sí, había un relajo incontrolable en las carreteras. Al día siguiente, en la tele, imágenes como estas: una mujer afroamericana saliendo de su vehículo con dos maletas y explicando, mientras se aleja de la cámara y de su carro, que lleva nueve horas ahí metida y que se jodan todos y que ella ya se va… Pensé en un funcionario salvadoreño que solía dar muchos titulares a principios de la década de 2000, generalmente por lo mal que hacía su trabajo; el hombre se llamaba Mauricio Ferrer y era director del entonces Comité de Emergencia Nacional (COEN), una institución que hablaba muy bien de la incompetencia y arrogancia con que la administración de Francisco Flores manejaba varios asuntos de la cosa pública; a diferencia de la alcaldesa Bowser, quien sin ser precisamente un ejemplo de humildad tuvo la sensatez suficiente para pedir perdón en público por el gazapo, Ferrer solía responder con refinada matonería a sus constantes deslices durante la atención a inundaciones, terremotos, huracanes y demás arrebatos con que la madre naturaleza se engolosina al arremeter abajo del Trópico de Cáncer. (Si no les gusta el ejemplo de Ferrer, y solo para evitar el sonsonete aquel de nosotros-no-somos-ni-por-cerca-tan-miserable-como-los-de-antes con que suele responder el actual secretario de transparencia, pueden pensar en un ejemplo más actual: ANDA y Marco Fortín; a veces es tan simple como cambiar el nombre).

Calle Spring, Silver Spring, Maryland. Viernes 22 de enero por la tarde.

Calle Spring, Silver Spring, Maryland. Viernes 22 de enero por la tarde.

Acto II. La encerrona.

Ya la tormenta de verdad, según los cuatro, cinco, doce, cuarenta meteorólogos que han llenado las pantallas de TV en estos días, empezó el viernes por la tarde. A eso del mediodía fui al súper a comprar las provisiones para el fin de semana. Ya no había leche, ni huevos, ni agua embotellada en los estantes cuando llegué. Cuando postee la foto de un estante vacío no faltaron las referencias a los supermercados venezolanos, a ALBA y a Ramiro… Y ya puestos, en una plática casual vía chat con un amigo que suele saber bien lo que se mueve en el Frente, a la pregunta por la nevada, a la que siguió el cuento del estante vacío y de Venezuela, le sirvió de colofón esta frase: “ya le vinieron cobrar al amigo del amigo del ex fiscal”. Y así.

Una cliente del supermercado Safeway toma uno de los últimos litros de leche en existencia antes de la tormenta. Viernes 22 de enero por la mañana.

Una cliente del supermercado Safeway toma uno de los últimos litros de leche en existencia antes de la tormenta. Viernes 22 de enero por la mañana.

Empezó a nevar.

El tema es así. Primero hay una sensación de recogimiento. En 2009, cuando me vine, no lo entendía bien y solía, impaciente, buscar la experiencia-nieve fuera de casa cuando no había dejado de nevar, con lo cual terminaba regresando a casa cagado del frío y pensando que la sonrisa de Heidi  y la del abuelo en los Alpes nevados era una puta estafa. Pero aprendí. Y como hoy habían dicho que la nevada duraría entre 24 y 30 horas pues no había más que relajarse y leer, escribir, pensar en la vida, ponerse al día… Luego, claro, María y Luciana me despertaron de la ensoñación: negativo, primero había que ver películas, hacer pop-corn, repasar la tarea, explicar que lo de hacer el Frosty hasta después, en fin, ¿padre de niñas de 4 a 7 años? ¿Alguien? (Al final de la negociación logré meter, con la complicidad de María, la mayor, un turno para ver la final de conferencia del fútbol americano).

La tormenta empezó a arreciar el viernes después de las 10 p.m.

La tormenta empezó a arreciar el viernes después de las 10 p.m.

Ya con el personal dormido tuve tiempo, el viernes por la noche, para revisar lo de los nuevos nombramientos que hizo el presidente Sánchez Cerén en el área de seguridad y, por supuesto, los sesudos análisis de quienes reaccionaron, vía Twitter, columna en EDH o editorial en El Faro, a la salida de Benito Lara. El tema requiere, por supuesto, mucha seriedad y no cabe aquí, pero he de decir que mientras veía cómo los vientos de la tormenta arreciaban y la tupida nieve hacía imposible apreciar más allá de 10 metros, no pude evitar hacer la metáfora fácil, la del huracán de violencia que azota a El Salvador. Esta nevada, claro, acabaría, lo de la matanza en El Salvador no lo veo claro: más allá de las capacidades y limitantes que puedan tener los comisionados Ramírez Landaverde y Cotto Castaneda, la verdad es que Hato Hasbún, el hombre que lleva dirigiendo la respuesta del Ejecutivo a la inseguridad pública desde los tiempos de Mauricio Funes, sigue ahí, y no vi en ninguna de las declaraciones, pistas o discursos del viernes algo que me haga pensar en que hay algo nuevo bajo la nieve. “Locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando resultados diferentes”, dice la frase que erróneamente se atribuye a Albert Einstein pero que en realidad escribió la autora Rita Mae Brown.

Nieve5

El sábado amaneció completamente nevado.

Lo que vi desde mi ventana, en el piso 14 de un edificio de apartamentos en el centro de Silver Spring, el suburbio de Washington en el que vivo, tuvo en mí el mismo efecto que las sonrisas de mis hijos: me curó, por unos minutos al menos, del cinismo incorregible con el que te dejan tantos años de hurgar entre tantísima mierda, y me regaló una de esas visiones que suelen guardarse bajo llave en la memoria. Decía mi abuela materna, Belia, una mujer que se hizo a fuerza de trabajo honesto como vendedora en los mercados de Santa Ana y el central de San Salvador, que lo único que uno se lleva a la tumba son las cosas lindas que vio en la vida (Belia vio de todo en su vida, incluidos los Fiordos de Noruega y la Plaza Roja de Moscú: le quedaba pisto para viajar, decía, porque nunca dejó a ningún hombre meter mando en sus bolsas). No es solo la belleza de ver una ciudad cubierta por el manto blanco que deja la nieve, es, sobre todo, la sensación de que el tiempo se ha detenido, de que la nieve ha logrado que un silencio reparador se imponga sobre este mundo agobiado por las prisas, los ruidos, las grandilocuencias vacías o la ilusión banal de que a uno le escucha la pantalla de un teléfono.

El sábado 23 amaneció completamente nevado.

El sábado 23 amaneció completamente nevado.

Salí a mi calle, la Roeder Road de Silver Spring, con mis hijas y mi esposa al mediodía del sábado. La nevada había dado un respiro: apenas unos copos minúsculos caían sobre la estepa blanca en la que se había convertido la Roeder, una calle céntrica usualmente agobiada por los carros y peatones que pueblan este suburbio, lleno de centroamericanos, africanos y afro-americanos que en verano inundan las esquinas con conciertos improvisados de hip-hop o clases callejeras de salsa y bachata. Era como aquella escena de «Abre los ojos», la película del director español Alejandro Amenábar en una de cuyas secuencias vemos algo imposible: la Gran Vía de Madrid totalmente vacía en hora pico. Paz si tengo que resumirlo con una palabra, paz. (Ese mismo día, el sábado, en Canadá nació Paz, la hija de dos grandes amigos salvadoreños; y el nacimiento de Paz, en Canadá, fue como una confirmación: la belleza, la esperanza, existen más allá de la ensoñación que provoca la nieve.)

III. La vuelta al ruido.

La noche fue un paréntesis.

Dejó de nevar a eso de las 9 de la noche. Sabía, me lo enseñaron los inviernos anteriores, que cuando deja de nevar hay que desnevar. Eso, para mí, significaría volver a la calle a comprar más provisiones, prepararme para el lunes –que esta semana será el martes porque las escuelas continuarán cerradas 24 horas– y para entender que el hiato nevado no da para más, que habrá que volver a hurgar entre la mierda porque es lo que el oficio manda y es lo que toca en un país como el mío.

Pero pude, antes, escribir un epílogo gozoso : llevar a María Alicia y Luciana a descubrir la ciudad nevada.

La gente empezó a palear y a abrir caminos entre la nieve el domingo por la tarde.

La gente empezó a palear y a abrir caminos entre la nieve el domingo por la tarde.

Salimos de nuevo a eso de las tres de la tarde. Antes, gracias al pacto logrado con mi hija mayor, tuve la tele un par de horas para ver la primera mitad de la final de la conferencia americana de la NFL, que le ganó Denver a Nueva Inglaterra (paréntesis obligado: también hay belleza, y mucha, en el deporte, aun en la más comercial de las industrias deportivas gringas, la del fútbol americano; lo he entendido en parte después de seguir por casi dos décadas a los Redskins de Washington, uno de esos equipos como el Atlético de Madrid, ricos en historia y maestro en el arte de hacer sufrir, parafraseando a Sabina, y en parte porque me lo han explicado con sus escritos y comentarios dos de los periodistas más competentes que conozco, Rodrigo Arias y Orus Villacorta). Ganó Denver, que es algo así como que el equipo más de moda le gane al que tiene al Cristiano Ronaldo del caso. Salimos…

Los 45 minutos que estuvimos en la nieve se cuentan, sin duda, entre los más intensos que he pasado con mis hijas: paseamos por pasadizos secretos  (los caminos formados en las aceras por las máquinas limpiadoras), María Alicia descubrió “nieve de pitufos” (algunos de los químicos usados para tratar la nieve le dan un tono azul) y Luciana propuso un nuevo nombre para la superheroína que dice ser: Snowgirl.

El domingo incluso dejó tiempo para terminar “Dos años, ocho meses y veintiocho noches”, la novela más reciente de Salman Rushdie, que había dejado a la mitad atrapado como suelo estar entre informes, la lectura diaria de medios centroamericanos y estadounidenses, procesos judiciales, declaraciones de funcionarios como Muriel Bowser, la alcaldesa nevada, o Mauricio Ferrer y Marco Fortín… Es una novela densa la de Rushdie, escrita en ese maravilloso tono sarcástico e irreverente que le valió la fama –y la fatwa– con Los Versos Satánicos; y si bien su obra más reciente no tiene la contundencia de sus novelas cumbre, como Los Versos o El Último Suspiro del Moro, hay aquí imágenes que me hablan al oído, como esta, la de un bebé milagroso: “Esta bebé puede identificar la corrupción… y los cuerpos de los corruptos, una vez ella los ha señalado, empiezan literalmente a mostrar los signos de la corrupción en sus cuerpos (la traducción del inglés es mía)».

Dejó de nevar hace rato.

Toca ya volver a la rutina. Mañana, en El Salvador, 20 personas o más serán asesinadas. En Estados Unidos un loco racista y otro loco racista, con apellido latino, se seguirán peleando por ser candidatos del partido republicano, mientras en el otro partido, otros menos racistas seguirán sin condenar las deportaciones de los indocumentados que palean la nieve de los que sí tienen documentos. Y mañana, esperamos todos, los nuevos titulares de seguridad en El Salvador deberían de estar devanándose los sesos en la búsqueda de otras soluciones. Y mañana los sospechosos de asesinar a los jesuitas seguirán libres. Y mañana en El Salvador 20 personas o más serán asesinadas. Y los hijos de los barrios donde viven la mayoría de los que morirán seguirán pensando cómo putas hacen para venirse al norte, aquí donde cae nieve. Palear es mucho mejor que morirse.

Dejó de nevar hace rato.

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