House of Cards contra la ingenuidad

Una nueva temporada de alguna de mis series favoritas me emociona más que una nueva película de mis directores y/o actores favoritos. Lo que parecía una excepción, hace poco más de una década, con The Sopranos y The Wire, cada vez es más frecuente.

Historias bien armadas, personajes complejos y una producción impecable son parte de los elementos de series como Breaking Bad, Mad Men, Sons of Anarchy y –la que nos ocupa en esta ocasión– House of Cards (HoC), cuya tercera temporada está a pocos días de ser estrenada.

No me atrevería a hablar de una época dorada de la televisión, pero sí de un fenómeno interesante. Como un buen amigo me dijo hace algunos meses: “Los mejores escritores de nuestro tiempo son guionistas de series”.

Además de lo arriesgado de algunas historias, la extensión narrativa de este formato permite apreciar muchos ángulos de un mismo personaje. Conocer la psiquis de los hijos bastardos del Raskólnikov de Dostoyevski.

Uno de ellos es Francis «Frank» J. Underwood, magníficamente protagonizado por Kevin Spacey. Underwood es el personaje principal de la serie de Netflix. HoC es una adaptación gringa de una miniserie británica basada en una novela de Michael Dobbs.

Como lo hice en el comentario sobre Sons of Anarchy, también aquí evitaré entrar en detalles, para que los que aún no han visto la serie se animen a hacerlo sin necesidad de matarles la sorpresa.

Underwood es un congresista estadounidense inteligente, cínico, arribista y sediento de venganza. Es decir, un exitoso político. Uno de sus pilares es Doug Stamper (Michael Kelly), su jefe de personal, un experto en manipulación de la prensa y personas.

El otro, y el más importante, es su esposa, Claire Underwood, encarnada por la guapísima Robin Wright. Más que su apoyo, su cómplice. Sobre ella nos dirá:

“Amo a esa mujer. La amo más de lo que los tiburones adoran la sangre”.

Un amor, sin duda, nietzscheano, más allá del bien y del mal.

Frank tiene claro que el poder no se tiene, se ejerce. Su actuar es la praxis de El Príncipe de Maquiavelo. Su proyecto es individual, no colectivo. Para cumplir con el baile de antifaces, que requiere hacer política en medio del darwinismo social, manipulará la religión, la prensa, el amor, la amistad e incluso la lealtad.

El protagonista de HoC pertenece a la ficción, pero no se desarrolla en un universo abstracto, sino en uno que nos es fácilmente reconocible. En este, la política no es un debate de visiones de mundo; es una lucha por poder de personas con una misma visión.
Y ese es, a mi juicio, el mayor aporte de esta serie, destruir la idea del poder visto desde la modernidad, solo como el Estado. Matar la ingenuidad de pensar que la política es independiente de poderes fácticos, económicos, religiosos y mediáticos. Y viceversa.

Otro matiz que destaco de esta producción es desnudar la hipocresía conservadora. En HoC pasamos revista a la moralina que impone la vida pública. Es decir, la mentira como base social.

“Muchos políticos están atados a ese eslogan: los valores familiares. Pero si andas con prostitutas y yo me entero, voy a hacer que esa hipocresía duela».

Gerson Vichez es un comunicador y consumidor de muchas series de televisión. Conduce y produce el programa radiofónico El Espacio y escribe reseñas musicales para Factum. Encuéntralo en Twitter.

Gerson Vichez es un comunicador y consumidor de muchas series de televisión. Conduce y produce el programa radiofónico El Espacio y escribe reseñas musicales para Factum. Encuéntralo en Twitter.

Finalmente quiero abordar dos elementos. El primero es externo, pero por demás interesante. HoC es la primera serie del servicio de streaming Netflix que, al menos desde mi percepción, es masivamente consumida en el país.

Sí, sé que no es la primera serie exitosa de Netflix y también sé que este tipo de consumo aún es reducido en El Salvador. Pero parece la salida del esquema de la televisión tradicional, donde se nos imponen horarios y productos, hacia una cultura de gustos compartidos.

El segundo elemento es la constante en muchas de las series de culto de los últimos años: antihéroe, blanco, hombre, adulto y clasemediero o acaudalado. Existen excepciones, pero la puerta aún queda abierta para nuevas narrativas.

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