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“Leaving Neverland”: el mundo maligno de los semidioses del espectáculo

“No me importa quién es el tipo. ¿Cómo dejas que tu hijo de 7, 8 años, vaya a dormir a su casa? Es un disparate. Como padre no puedo entender cómo es eso siquiera posible”

– Shane Robson, hermano de Wade Robson, “Leaving Neverland”

 

[Disclaimer: Siempre, invariablemente y bajo cualquier circunstancia, el abuso de cualquier tipo está simplemente mal. No hay absolutamente nada en el mundo que lo justifique. La siguiente reseña revela detalles del documental «Leaving Neverland», que forma parte del catálogo de HBO GO]


Michael Jackson es uno de los artistas y creadores más trascendentes de todos los tiempos. También, de muchas formas, era un ser profundamente enfermo; o por lo menos, muy, muy atormentado.

La menor de mis primas es mucho menor que yo. Cuando apenas era una bebé –como de tres o cuatro años– empezó a seguir a Michael Jackson. Él ya había muerto para entonces. La bebita comenzó a bailar y balbucear todas las melodías. Un día comenzó a decir: «Michael Jackson es mi amigo». Era un inside joke de humor negro entre los adultos voltear a vernos y menear la cabeza con un poco de risa nerviosa. Mi prima no sabe absolutamente nada sobre la persona que fue Michael Jackson y mucho menos sabe –porque todavía no son contenidos para su edad– de todas las polémicas que se han acumulado sobre el sujeto. Lo único que sabe es que la música le vibra, la pone de buen humor, la hace bailar. Y verlo en los videos, la hace mover la cabeza, pues intenta sacar esos movimientos de otro mundo. 

En el ojo del huracán, por enésima vez en su vida y su muerte, se encuentra en este momento el «Rey del Pop», a partir del documental recientemente estrenado por HBO, “Leaving Neverland”.

Dirigido por Dan Reed –el mismo director del documental “Three days of terror: The Charlie Hebdo Attcks”, sobre el atentado terrorista en Francia–, este trabajo muestra la versión de dos familias presuntamente víctimas de la manipulación y depredación sexual de Michael Jackson. Wade Robson y James Safechuck fueron dos “amigos” infantiles con los que el artista se paseó y convivió públicamente a lo largo de sus más exitosos años de carrera. Ambos afirman haber sido víctimas de abuso sexual. A pesar de haber sido testigos estrella a favor de Jackson en los juicios mediáticos realizados sobre estas mismas acusaciones, años después de su muerte, han decidido salir a contar su verdad de los hechos.

En un total de cuatro horas divididas en dos partes, las historias se entrelazan de acuerdo a los relatos de las dos presuntas víctimas, como también de sus familiares y esposas y diversas fuentes más. El documental representa un trabajo exhaustivo de material de archivo y tomas aéreas de ubicación de cada lugar relevante para la narrativa. Sus testimonios son muy específicos y muy explícitos, con momentos francamente nauseabundos en cuanto a la descripción de las actividades sexuales con Jackson. ¿Es posible que todas estas personas se hayan puesto de acuerdo para mentir? Sí, como también es posible que ahora, con Jackson ya fallecido, estos dos personajes se hayan animado a hablar finalmente con libertad. 

Una de las principales características de los documentales es que el guion no se termina hasta una vez estando en la mesa de edición. La idea es que la realidad supera muchas veces la ficción y la historia de los documentales tiene ese mismo origen. Este tipo de documentales requiere de un trabajo de investigación largo y profundo. El valor de la película reside muchas veces en el material obtenido a partir de esa investigación. Así, una de las más polémicas virtudes de los documentales es la posibilidad de contar cualquier historia que el autor desee, amparado, casi siempre, en la realidad misma.

“Leaving Neverland” se inscribe dentro del género de documentales policiacos llenos de polémica y en donde se pone en escrutinio público la culpabilidad o la inocencia de una persona. Lo hemos visto ya con otras celebridades o personajes intrigantes que son expuestos a dos veredictos: el judicial y el de la opinión pública, tal y como ocurrió con el caso de “O. J.: Made in America” –sobre el exdeportista O. J. Simpson– o el más reciente “Making a Murderer”, de Netflix, sobre el caso aún en disputa de la culpabilidad sobre crímenes terribles de Steven Avery, un John Doe cualquiera de Estados Unidos.

No hay nada polémico –técnicamente hablando– sobre el documental: todos los elementos hablan claramente de una factura de altísima calidad, obtenida a través del oficio del documentalista. Aquí encontramos un valor que radica en la calidad del material de archivo, la cinematografía, el diseño sonoro y el nivel de montaje, entre otros elementos más. Debió haber sido una película sencilla de montar una vez obtenidos todos los materiales de investigación, ya que la línea cronológica de los personajes y de las imágenes empatan a la perfección. De hecho, casi demasiado a la perfección. 

No es el momento ni la ocasión para poner en duda la veracidad de las declaraciones de ambos personajes. Suficiente hay con los testimonios opuestos de otros “amigos” de Michael Jackson, como Macaulay Culkin y Brett Barnes. Sin embargo, en un análisis estrictamente de lo presentado en el documental, el contenido es sesgado en tanto se habla sólo de dos personajes (o dos familias) con la misma circunstancia respecto al personaje en el banquillo de los acusados. No hay otro testimonio de ninguna especie sobre los mismos hechos, digamos, de la servidumbre de Michael Jackson, de otros personajes relacionados con su trabajo, ni de involucrados en los juicios anteriores sobre las mismas acusaciones de abuso sexual. Se genera de antemano la simpatía absoluta con los personajes a partir de la narrativa sobre sus vidas particulares, sus lugares de origen, sus infancias, sus historias antes de los hechos aquí tratados y cómo su admiración por el personaje los llevó a involucrarse directamente con él. Ambas declaraciones son absolutamente consistentes entre sí e igualmente gráficas. ¿Cómo se consigue hablar frente a una cámara con ese detalle y con esa claridad sobre hechos que todavía están resolviendo en sus vidas adultas? 

En esta misma lógica, asumiendo la veracidad de los hechos, el análisis no va en la película en sí misma sino en todo lo que gira alrededor de estas acusaciones tan graves y las consecuencias desatadas a un nivel social a partir de su estreno. Estamos, una vez más, ante el poder de la imagen, ante la supremacía del cine para incidir directamente en la opinión pública, en la realidad en sí misma. La realidad a través de una pantalla tiene una fuerza inmensurable para actuar sobre la realidad. Y mucho más, si se trata del mundo del espectáculo.

Por un lado, parte del show business es la construcción de una figura mítica con el alcance suficiente para inspirar a las audiencias a identificarse y a entrar en procesos aspiracionales que contribuyen a la venta del producto. Michael Jackson es uno de los productos de la cultura pop más exitosos de todos los tiempos. Sin embargo, toda la estructura del espectáculo aún continúa impidiéndole al espectador común darse cuenta de la persona detrás de la figura: los artistas (políticos y deportistas) son seres humanos como todos nosotros, con necesidades fisiológicas básicas, como todos; y con virtudes y oscuridades muy específicas. Esto es lo que nos hace miembros a todos de la raza humana. No obstante, se pierde la proporción de la realidad y se les confiere a las celebridades una calidad de semidioses libres de todo defecto de carácter y aspecto nocivo de su personalidad.

Hubiera sido quien hubiera sido, Michael Jackson no tenía nada que hacer rodeado de niños a un nivel de intimidad a todas luces peligroso para cualquiera. Y a partir de esto, se lanza la primera pregunta:

¿Dónde estaban los padres de esos niños?

Si suponemos que se tratara de un depredador sexual, se habla sobre la manipulación ejercida no solamente sobre la víctima infantil sino sobre toda una familia vulnerable que le permitió al criminal comenzar sus terribles acciones en un clima general de confianza e impunidad. Es decir, se eligen familias vulnerables que con un poco de persuasión van a permitir el acceso total al depredador. 

Años atrás, en el medio del espectáculo en Latinoamérica, se habló profusamente sobre el caso del “Clan Trevi-Andrade”, en donde Sergio Andrade, productor musical, incurrió en crímenes relacionados a la trata de blancas en una maquinaria del espectáculo encabezada por Gloria Trevi. Una de las decenas de jovencitas involucradas en esta red criminal –entre las pocas que se sabe que huyeron oportunamente de las atrocidades reveladas– fue la cantante mexicana Lucero, conocida en ese momento como “Lucerito”, debido a su tierna edad. Es posible que la única razón por la que no se le cuenta entre las víctimas es por la férrea presencia de su madre, quien se mantuvo en todo momento cerca de la carrera de su púber hija. Años después del escándalo, Gloria Trevi sigue teniendo una carrera como artista, aun habiendo sido acusada de complicidad en el asesinato de su propia progenie. Su música de antaño no se promueve, pero tampoco se censura. De hecho, sigue siendo motivo de karaokes y borracheras a lo largo de todo el continente. 

En este sentido, el impacto de Michael Jackson sucede a nivel mundial en la misma proporción de su fama como artista pop. A partir del estreno de “Leaving Neverland”, sus canciones, memorabilia y apariciones en películas y otros productos audiovisuales relacionados, han sido directamente retirados de la programación. ¿Es posible hacer una separación entre el artista/creador y la persona? Fenómenos sociales recientes apuntan a que no.

Todo el movimiento #MeToo ha tenido como consecuencia que personajes como Harvey Wainstein, Bill Cosby, Bernardo Bertolucci, Kevin Spacey y Woody Allen, entre muchos otros, hayan sido directamente omitidos de la vida pública a partir de las acusaciones hechas sobre su comportamiento personal, sin importar la calidad de su obra artística. Personalidades de este tipo han sido sometidas al escrutinio público y los responsables de esos contenidos han tomado la decisión de ponerlos en las penumbras ante un debate colectivo, ético-moral (mayoritariamente en redes sociales), atendiendo a una supuesta necesidad de reivindicación y justicia para las víctimas.

¿Kevin Spacey representó a lo largo de su carrera sólo personajes que incitan a la violencia y a la mala acción al prójimo? ¿La música de Michael Jackson invita al abuso sexual o hace apología de ello? ¿Las películas, música o contenido audiovisual que han motivado a determinadas personas a atentar contra la vida de otros, necesitan ser definitivamente censurados en pos del bienestar de la humanidad? De ser así, se tendría que hacer una investigación y análisis profundo del comportamiento de todas las celebridades y artistas para definir si amerita continuar en la vida pública o no, de acuerdo a sus malas acciones y defectos de carácter. 

Por otro lado, el mito del mundo del espectáculo le hace creer al público que la fama y la fortuna son fantasías absolutamente deseables y aspiracionales. Los artistas a menudo son, a su vez, víctimas de circunstancias infrahumanas, explotación y estrés, incluso desde sus infancias, como en el caso de Michael Jackson. El acoso, la sobreexposición a los medios de comunicación, la exhibición pública, la constante demanda de productos nuevos y rentables, son circunstancias que la mayoría de los mortales desconocemos y, sin embargo, sigue habiendo una lucha constante de un sector de la población por obtener “la gloria”.

También es una realidad innegable destacar el volumen –muchas veces ridículo– de dinero que el show business maneja. Wade Robson estableció una demanda millonaria por los mismos cargos de abuso sexual en contra de un ya fallecido Michael Jackson, justo antes de la realización del documental, misma que fue descartada en muy poco tiempo, no por la veracidad de las acusaciones sino por el tiempo y las circunstancias en las que se hizo. De igual forma, la primera demanda por estos cargos en contra de Jackson en 1993 fue resuelta con un arreglo millonario fuera de la corte de Estados Unidos. Si la intención es la impartición de justicia, un castigo oportuno de las acciones perjudiciales y la alerta a potenciales víctimas de circunstancias similares, ¿por qué monetizar estos valores y tragedias? Si ese fuera el criterio, también es cierto que Michael Jackson puso grandes sumas de dinero en cientos de acciones benéficas alrededor del mundo. ¿Esto supondría una compensación por el mal causado a estas personas? ¿Toda la buena acción por parte de la persona queda desvanecida por otras malas acciones?

Aunque la ley es muy clara al respecto, el debate público estriba en otros procesos poco tangibles, como la ética y la moral. He aquí el poder de la imagen y la narrativa para abrirlos o cerrarlos.

Independientemente de que las acusaciones sean ciertas o no, si hay algo que es necesario aprender de este tipo de historias es, precisamente, que debemos mantener un juicio crítico y debemos cuidarnos entre nosotros mismos.

Las reacciones de los fans acérrimos de Michael Jackson ante los testimonios de los personajes en el documental también son violentas, malévolas y poco empáticas, cegadas absolutamente por la predominancia del mito en sus cabezas. La fantasía del espectáculo es muy seductora, a pesar de la existencia de oscuras fuerzas moviéndose en su interior. No importa lo torturada y triste que sea la vida personal de alguien, no importa lo inusual de su formación y crecimiento, a pesar de que Michael Jackson actuara como un niño carente en muchos sentidos, la realidad es que era un adulto.

El mundo de los niños depende irremediablemente del de los adultos, adultos armados con base en el bien y el mal, la bondad y la maldad. Y los adultos llamados a proteger a los niños de todo mal, son, en primera instancia, los padres.

Este documental habla sobre dos familias carentes en muchos sentidos de la palabra. Muestra cómo el deslumbramiento por el mundo de Hollywood los puso en circunstancias de riesgo que tuvieron consecuencias para sus hijos. ¿Dónde estaban esos padres mientras un desconocido de más de 30 años compartía la cama con sus pequeños? Ah, sí, a dos habitaciones en el rancho de Neverland, viviendo su propia fantasía de Peter Pan.

Si este documental tiene como consecuencia que los padres estén mucho más y mejor alertados sobre los riesgos constantes a los que pueden estar expuestos sus hijos, que esta sea la expiación de Michael Jackson, porque del mal aprendemos… Y aprender, siempre va a hacer bien. 

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